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Una metáfora sobre el SIDA se esconde en “La Bella y la Bestia” de Disney

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9 de Noviembre.- El cine para toda la familia suele estar hecho para que los más pequeños de la casa lo disfruten y lo entiendan de forma sencilla, pero si miramos bajo superficie, muy a menudo encontraremos mensajes ocultos dirigidos a los espectadores adultos. Ideas, temas o metáforas que pasarán desapercibidas para los niños, pero que nosotros captaremos, añadiendo así otra dimensión a los cuentos infantiles de toda la vida y los clásicos del pasado.

Pixar se ha convertido en una experta en esta materia, pero Disney no es ajena a ella precisamente. Desde sus inicios, la compañía del ratón ha insertado temas maduros y motivos oscuros en sus historias. Es el caso por ejemplo de La Bella y la Bestia, uno de sus mayores éxitos animados de los 90, en la que nos encontramos un mensaje oculto sobre el SIDA, epidemia que azotó al mundo durante la producción del film entre finales de los 80 y principios de los 90 y acabó con la vida de uno de los creadores de sus inolvidables canciones, Howard Ashman.

En la historia de su vida, narrada en el muy recomendable documental de Disney+ Howard, encontramos la sorprendente conexión de La Bella y la Bestia con esta enfermedad y el impacto que causó en la sociedad hace tres décadas. Aviso: después de descubrirla será inevitable ver la película de otra manera.

Howard llegó a Disney+ el pasado mes de agosto precedido de muy buenas críticas y hemos decidido recuperarlo para reivindicar el que es uno de los títulos originales de Disney+ más interesantes y dignos de descubrir. El documental gira en torno a la vida y la carrera de Howard Ashman, dramaturgo y letrista creador del musical La tienda de los horrores y responsable junto a Alan Menken de las canciones de La Sirenita, La Bella y la Bestia y Aladdin, tres de los clásicos más emblemáticos del Renacimiento de Disney en los 90.

El imperecedero trabajo de Ashman y Menken fue recompensado con dos premios Oscar de cinco candidaturas a Mejor Canción Original (entre tantos otros galardones y nominaciones), el primero por Bajo el mar de La Sirenita y el segundo por el tema central de La Bella y la Bestia. Este último fue póstumo para Ashman, ya que murió en marzo de 1991, unos meses antes del estreno de la película en Estados Unidos, después de trabajar en ella con entrega y dedicación hasta el último momento.

Howard Ashman nació en Baltimore en 1950. Desde pequeño, su pasión por las historias y la creación de universos de ficción le llevó a dedicarse profesionalmente a escribir para el escenario. En los 70 se fue a vivir a Nueva York, donde trabajó como editor y empezó a florecer artística y profesionalmente en el mundo del teatro. En 1977 se convirtió en el director artístico de un pequeño teatro del off-Broadway llamado WPA Theater, donde conoció a Alan Menken. En este local se formó como dramaturgo y director con una serie de obras, de las cuales la que más repercusión obtuvo fue Little Shop of Horrors. Este musical basado en la película de 1960 La tienda de los horrores, resultó ser muy influyente en Broadway y dio lugar a otra versión cinematográfica en los 80, cuyo guion escribió él mismo.

Y de ahí, Ashman dio el salto a Disney. En 1986 fue contratado para escribir una canción de Oliver y su pandilla, una de las películas de la edad oscura de la compañía. Fue gracias a este proyecto que cayó en su regazo el que cambiaría su vida para siempre: La Sirenita. Tras un declive comercial en una etapa marcada por la experimentación, Disney volvió a los cuentos de hadas con la película que inauguraría su impresionante Renacimiento comercial.

Y gran parte de este resurgir comercial y artístico hay que atribuirlo a Menken y Ashman, los artífices de las canciones que se quedaron para siempre grabadas en la memoria colectiva del mundo entero. Howard en concreto sentía una enorme conexión con la animación y las historias de Disney, llevando consigo su experiencia escribiendo y dirigiendo musicales a la compañía, contribución clave que definiría sus años posteriores. Mientras aun estaba trabajando en La Sirenita, Ashman sugirió a Disney la idea de adaptar Aladdin, y durante la producción de esta empezaron a idear La Bella y la Bestia, encadenando así su trabajo en tres de las películas más influyentes de la historia de la animación.

Pero mientras Ashman ascendía en lo profesional y acumulaba aplausos y estatuillas por su trabajo en Disney, en lo personal estaba viviendo una tragedia.

Como vemos en el documental, la misma noche que ganaron el Oscar por La Sirenita, Ashman le dijo a Menken que tenían que hablar cuando volvieran a Nueva York. Ashman había sido diagnosticado con VIH/SIDA un año antes, plenamente inmerso en la producción de La Sirenita, pero había decidido mantenerlo en secreto. Sin embargo, el rápido avance de la enfermedad le obligó afrontar la realidad: le quedaba poco tiempo de vida y tenía que informar a su compañero profesional y a la compañía para la que trabajaba.

Disney se adaptó a la situación reorganizando el estudio para que Ashman pudiera seguir trabajando desde Nueva York, enviando allí a los animadores. A pesar de que perdía fuerzas cada día (sufría neuropatías que le hacían perder la sensación en los dedos, la voz y parte de la visión), él siguió escribiendo para Aladdin hasta ser ingresado por última vez en el hospital, poco antes de que La Bella y la Bestia llegara a los cines. Finalmente, murió el 14 de marzo de 1991. Tenía 40 años. Disney le dedicó la película “a nuestro amigo Howard, que le dio a una sirena su voz y a una bestia su alma, siempre estaremos agradecidos”.

LA CANCIÓN ASALTO AL CASTILLO ES UNA METÁFORA DEL SIDA, LA IGNORANCIA Y EL MIEDO

Ashman terminó de escribir los temas de La Bella y la Bestia siendo totalmente consciente de que se estaba muriendo. Las canciones se escuchan de otra manera sabiendo esto, pero es una en concreto la que llama más la atención al estar directamente conectada con su estado de ánimo y el efecto que la enfermedad causó en él y en la sociedad: Asalto al castillo (en inglés The Mob Song).

En 2017, Bill Condon, el director del (también taquillero) remake en acción real de La Bella y la Bestia compartió la historia de Ashman en una entrevista con la revista Attitude, donde declaraba lo siguiente: “Para [Ashman, la película], era una metáfora del SIDA. Fue víctima de una maldición y esa maldición trajo pena a todos los que lo querían y pensó que quizá existía la posibilidad de un milagro, una manera de levantar el hechizo. Fue muy concreto en lo que hizo”.

Aunque dejó de ser un secreto cuando Ashman murió, Disney confirmó esta historia tres años más tarde en el documental de Disney+ que nos ocupa, donde se establece un paralelismo oficial entre su enfermedad y la trama de la Bestia, así como la reacción de la sociedad envuelta en el pánico, la paranoia y la desinformación, representada en los aldeanos que acuden en masa al castillo para matar al monstruo del que en realidad no conocen su maldición.

Esa bestia es muy feroz y una noche atacará

Devorando a nuestros hijos con su instinto criminal

Esta aldea está perdida si la bestia llega aquí

[…]

Sigamos a Gastón hasta el final

Avanzad sin cesar, el castillo está embrujado

Pero Dios a nuestro lado va a luchar

Es un monstruo como una montaña

Pero está ya muy cerca su fin

Es cruel, es Luzbel, a por él en tropel

Una lucha sin cuartel

[…]

¿Será un ser con poder? El misterio nos asusta

Y ese enigma se tendrá que descubrir

Al oír la señal acabemos con el mal

Porque una bestia tan brutal

¡Debe morir!

La enfermedad había vuelto a Howard más arisco y difícil de tratar y esto se reflejó en su trabajo. “Los grandes artistas tienen una forma de ver el mundo como no lo habías visto antes, y la forma que tienen de hacerlo es mostrarte su mundo. Howard nos mostró su mundo con sus letras y sus historias”, dice en el documental Peter Schneider, exdirector de Disney Animation. Teniendo esto en cuenta, es fácil establecer un puente entre él y la Bestia. Además, la sociedad vivía atemorizada y culpaba al colectivo homosexual, estigmatizado por el virus y abandonado por las autoridades, un subtexto que también se puede extraer de sus letras. Así lo expresa también en el documental quien fuera la pareja sentimental de Ashman hasta su muerte, Bill Lauch:

“Para mí, Asalto al castillo de La Bella y la Bestia intenta infundir un punto de vista, de una forma muy sutil, y él no quería hacer teatro político, pero quería presentar personajes que arrojaran algo de luz sobre ciertos temas. Asalto al castillo es una manifestación de la gente buscando una cabeza de turco para sus problemas, identificando al villano y queriendo exterminarlo. Había mucha ignorancia en torno al SIDA y la gente pensaba que podías contagiarte por contacto casual y que los únicos que pillaron esta enfermedad eran degenerados y gente que lo merecía. Así que al identificarte como uno de ellos era buscar ser… rechazado”.

En relación a esto, Thomas Schumacher (Grupo Teatral de Disney) concluye en Howard que “No se puede separar La Bella y la Bestia de la epidemia del SIDA, porque esta película habla de su tiempo, es una metáfora del SIDA, hecha cuando quizá ni sus creadores eran conscientes de estar haciéndolo”. Aunque la propia hermana de Ashman, Sarah Gillespie, no cree que exista tal metáfora y la califica de “falsedad”, el documental nos viene a decir que la postura oficial de Disney es que, en efecto, La Bella y la Bestia, y concretamente Asalto al castillo, es una metáfora del SIDA que refleja el estado de ánimo de su coautor en sus últimos días y los efectos de la enfermedad en él y en la sociedad.

Howard Ashman era gay. En 1992, su pareja, Bill, recogió su Oscar póstumo junto a Menken y le dedicó unas preciosas palabras delante del mundo entero, a él y a todas las personas víctimas de la enfermedad: “Howard y yo compartimos un hogar y una vida juntos y me hace muy feliz y orgulloso aceptar este premio en su nombre. Pero es agridulce, porque este es el primer premio de la Academia ha entregado a alguien que hemos perdido por el SIDA. Trabajando en La Bella y la Bestia, Howard se enfrentó a increíbles retos personales, pero siempre dio lo mejor de sí mismo. Y lo que hizo que eso fuera posible fue una atmósfera de comprensión, amor y apoyo, algo que cualquier persona que padece SIDA no solo necesita, sino que merece”.

Lejos de pasar de puntillas por la enfermedad y suavizar la verdad (algo que no me habría sorprendido de Disney), el documental de Disney+ se aproxima a la vida y la muerte de Ashman con honestidad, hablándonos de su condición de hombre gay, de sus relaciones y de la enfermedad que se lo llevó, y además, vinculando una de sus obras maestras más queridas al SIDA. Es decir, contribuyendo a combatir ese estigma que, tanto tiempo después, sigue existiendo a su alrededor.

En 2001, Howard Ashman fue nombrado Leyenda Disney. A día de hoy, tanto Disney como los amantes de la animación lo recordamos como uno de los creadores más importantes de la historia del estudio. Howard es un documental recomendable tanto para los fans de Disney como para cualquiera que quiera saber más sobre él; una emotiva celebración y homenaje al hombre detrás de las letras más cantadas de Disney, con sus virtudes y sus defectos; un tributo a su talento y la contribución tan valiosa que hizo a la compañía, sin la que algunas de sus películas más famosas no serían lo que son.

Y lo más importante, un precioso ejercicio de visibilidad y reivindicación para una persona gay que, tristemente, no pudo ver cómo sus creaciones sobrevivían el paso del tiempo en un mundo cada vez más tolerante hacia la comunidad LGBTQ+ a la que pertenecía.

 

Imagen: Dinsey

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