#Opinión #HugoCésarMartínez Mictlán

Mictlán (1 de 2)

En el mundo prehispánico, Mictlán, significaba para los antiguos tiempos “El lugar de los muertos”, representa el sitio mitológico del más allá que consistía en nueve planos extendidos bajo la tierra y orientados hacia el Norte; a donde iban todos los que fallecían de muerte natural; cuenta la narrativa que, quien moría tenía que cumplir toda una serie de pruebas en compañía de un perro que era incinerado junto con el cadáver de su amo, al que encontraba en Itzcuintlán; y quien, sí en vida se había tratado bien al animal, éste ayudaría a realizar el largo viaje a Mictlán; de lo contrario, el cuerpo físico se quedaría eternamente en este sitio. Entre otras, las pruebas consistían en pasar por entre dos montes que chocaban uno con otro, atravesar un camino donde estaba una culebra, dejar atrás ocho páramos (lugares fríos y solitarios) y ocho collados (colinas o cerros) y desafiar un ‘fuerte’ viento. Transcurridos cuatro años en estos ‘caminos’, la ‘vida’ errante de los difuntos había terminado y podía atravesar un ancho y caudaloso río montado en su fiel acompañante.

Concluido el viaje, el muerto podía presentarse ante Mictlantecutli y Mictecacihuatl (Señores de la muerte). Estas deidades del Mictlán comparten el poder de regir sobre los que han muerto. En este lugar, según la mitología, no existían puertas y ventanas. Para el México antiguo, no existía el temor ante Mictlantecutli; lo hacía ante esa incertidumbre que es la vida del hombre, la llamaban Tezcatlipoca (El brujo y Dios de la noche, quien representa la maldad), esta INCERTIDUMBRE podría considerarse (si así me lo permite el lector) que, se encuentra inherente en cada espacio del “aparato psíquico” del ser humano, aquella incertidumbre que tiene una gran carga de la llamada “Energía Libidinal”, que se rige por un principio de “Eros y Thanatos”, que a su vez representan los instintos básicos, tan arraigados en el sujeto, los principios de vida y muerte, por ello retomando la cosmovisión del México Antiguo, podríamos referir que el estado de incertidumbre sería considerada como el eterno “malestar emocional” que agobia al sujeto, que lo motiva a mantenerse activo o a permanecer pasivo, ante su paso por este escenario mundano,  recordando el principio de energía, sabríamos que es evidente la dualidad de las cosas, y de la dialéctica que se conforma, por ello Tezcatlipoca desde tiempos memorables representa la inherente dolencia, temor, angustia o malestar emocional por lo que se genera o se puede obtener ante lo desconocido, antes de llegar el momento de la muerte. Hoy en la actualidad difícilmente es identificado este “Momentum” que padece el aparato psíquico del sujeto, mismo que es atendido por los diferentes “Mecanismos de Defensa” (los cuales señalan los especialistas), uno de ellos “la negación”, con la finalidad de contrarrestar los malestares colaterales.

Son estas fechas de celebración, rendición de culto y tributo a nuestros fieles difuntos, una práctica llena de folklor, que se encarga de aliviar esa incertidumbre, una tradición con mezclada entre el mundo prehispánico, la colonización, la simbología de cada cultura y región geográfica y la interpretación particular de cada esquema mental, lo que la hace única, resulta entonces el Mecanismo de Defensa de la “Sublimación” el escenario preferido de un servidor para confrontarse con Mictlantecutli y Mictecacihuatl.

 

 

 

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