La columna #CapitalDeLetras de Heydi Serrano “Cuando el deporte es tocado por el diablo”

A veces me propongo escribir cosas hermosas para mi columna, comienzo a hilvanar en mi mente palabra por palabra en mis pocos momentos de ocio, pero esa intención de embellecer mis letras se queda trunca en algún momento y no me doy cuenta de ello. Justo esto ha sucedido con esta columna. Originalmente este artículo estaba destinado a engrandecer las actividades deportivas entre los niños, ya saben, participación, trabajo en equipo, disciplina, puntualidad, asertividad, tolerancia a la frustración y muchas otras ventajas que conlleva la práctica de cualquier deporte. El diseño de mi artículo iba viento en popa, finalmente podría escribir sobre algo positivo, creo que escribiría como mamá, no como socióloga… pero, ¡caray, la gente da tanta tela de dónde cortar! Y así fue como terminé escribiendo lo siguiente:

En resumen diré que Pierre Bourdieu consideraba que dentro de la sociedad existen ciertos campos (justo como un campo de futbol), y que dentro de ellos los individuos ponen en juego todo su capital para poder permanecer en el juego (sus jugadas, digamos), por lo que su permanencia en el juego depende de cuánto capital tiene para moverse dentro del juego, que sepa hacia dónde moverse y a quién dirigirse al moverse. Para poder permanecer en el juego –y ganar algo- se debe acumular cierto tipo de capital, ya sea financiero, profesional, político, cultural, social, o cualquier otro que se requiera. Cuando el jugador ya tiene una posición dentro del campo, debe saber permanecer en él y no ser desplazado por aquel otro jugador con mejor adquisición de capital/jugadas. Lo correcto sería que el jugador compita limpiamente para que dentro del campo se quede aquel que tiene el mérito, no aquel que se ha sabido de memoria el juego y quien apuesta a las “trampas” para permanecer jugando.

La importancia de que los niños practiquen un deporte reside en que se les enseñe -en el tenor de Bourdieu- a acumular el capital que se requiere para poder participar dentro de un campo y que aprendan a moverse gracias a sus jugadas, para ello se someten a un entrenamiento, a las instrucciones del entrenador y a las reglas que impone la institución deportiva a la que pertenecen. ¡Y los niños aprenden a hacerlo! Aprenden a esforzarse, a obtener recompensas, a reconocer el mérito del otro, a respetar turnos, desarrollan su liderazgo e incluso aprenden a manejar sus frustraciones y aprenden también a trabajar por adquirir más capacidad, es decir, aprenden tantas estrategias como sea posible para seguir participando en el juego. Limpiamente. ¡Son una maravilla!

Y de pronto, en ese juego de competencia sana, intervienen los adultos y todo se va a la mierda. Resulta que en el mismo campo y al mismo tiempo que los niños, hay otro partido que no se nota a simple vista: el juego de los adultos (padres, entrenadores, árbitros, directores de clubes, candidatos con miras políticas, etc.) que compiten en el mismo encuentro por una posición, por un reconocimiento, por un financiamiento, por un pacto político  o hasta por una tradición. El campo entonces se transforma en un espacio de lucha donde se conserva, se transforma o se redefinen las relaciones de poder y donde los únicos en desventaja son los niños, quienes se convierten en meras piezas del juego de otros.

¿De verdad un niño necesita que le alteren la edad para poder jugar en un equipo determinado?, ¿necesita que en un partido final lo dejen en la banca para poder meter a “cachirules” y poder ganar un torneo?, ¿necesita un trofeo para demostrarse cuan valioso es?, ¿necesita que el club deportivo al que pertenece manipule los registros e incite a los árbitros a favor del equipo de la casa? Porque “deben” pasar a finales, porque “deben” mantener la imagen de primera fuerza, porque de por medio van implícitas relaciones políticas y económicas que al niño le importan absolutamente nada. No, un niño no necesita de ese tipo de ayuda.

En un ambiente deportivo donde se desarrollan pugnas de ciertos grupos relacionados con la esfera del poder, lo que aprenden los niños es a competir por un capital que los mantenga en el juego sin importar cuan honesto sea, aprenden que las trampas y las influencias tienen mayor valor que las aptitudes y el esfuerzo, aprenden a tirarse cuando ni han sido tocados, aprenden a lastimar al otro para sacarlo del partido, aprenden a sentirse intocables porque los representa la máxima casa deportiva, al fin y al cabo se encuentran en el proceso de recabar capital/juagadas para asegurar su permanencia en el juego, solo que las jugadas recabadas de a poco terminan siendo juagadas económicas o políticas, no deportivas.  Y más tarde, los adultos nos quejamos por la clase de juventud que tenemos. Totalmente contradictorio.

El deporte es una de las actividades más sanas en la que se desempeñan los niños, ¡de verdad deseaba expresarlo en este artículo y de este modo!, pero los adultos somos el diablo y terminamos pudriendo todo cuanto tenemos a nuestro alcance, hasta lo más saludable, lo más honesto, lo más transparente. El deporte merece ser una actividad en la que los niños sean los protagonistas, que sea un sano foco de socialización, merece estar libre de las estructuras político/económicas que insisten en hacer del deporte un negocio, una imagen empresarial o una caja chica de otros organismos que apuntan hacia todos lados, menos hacia el deporte mismo.

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