El catolicismo no respeto ni a los suyos; mató a líder cruzado

César Peña

Pachuca, 18 de marzo.-  Fue responsable del genocidio de cátaros y valdenses,  el catolicismo no respeto ni a los suyos; mató a  Jacques de Molay, último gran Maestre de la Orden de los Cruzados.

Como jefe de la orden militar fundada por Hugo de Payens, tuvo la importante tarea de proteger los peregrinos cristianos en Tierra Santa, pese a todo, Molay fue quemado vivo en la hoguera frente a la Catedral de Notre Dame.

Con una gran carrera militar en que fue responsable de encabezar innumerables choques contra infieles que le costó la vida cientos de personas, algunos eruditos en temas nobiliarios incluyen a Molay en la genealogía de Lonvy, al ser Molay una población del Señorío de Rahon, propiedad del padre de Jacques.

Con la muerte de Thibaud Gaudin el 16 de abril de 1292, se convirtió Jacques de Molay en el vigesimotercer y último Gran maestre de la Orden del Temple.

Entre 1293 y 1305 estuvo al frente de múltiples expediciones contra los musulmanes y logró entrar en Jerusalén en 1298, derrotando al Sultán de Egipto, Malej Nacer, en 1299 cerca de la ciudad de Emesa.

Para el año 1300, organizó una incursión contra Alejandría, estando infructuosamente a punto de recuperar la ciudad de Tartus, en la costa siria.

Pese a su ciega obediencia por la causa cristiana, en el año 1307, el Papa Clemente V, Beltrán de Goth y el rey de Francia, Felipe IV, ordenaron la detención de Jacques de Molay y  los demás caballeros bajo la acusación de sacrilegio contra la Santa Cruz, simonía, herejía e idolatría hacia Baphomet y Lucifer.

Molay declaró y reconoció, bajo tortura, los cargos que le habían sido impuestos; aunque con posterioridad se retractó, no obstante en 1314 fue quemado vivo en la hoguera frente a la Catedral de Notre Dame, donde nuevamente volvió a retractarse, en forma pública, de cuantas acusaciones se había visto obligado a admitir, proclamando la inocencia de la Orden y, según la leyenda, maldiciendo a los culpables de la conspiración.

Repetía una y otra vez que sus acusadores se habían equivocado y que lo habían sentenciado injustamente, hasta que su voz se fue apagando por las llamas que lo consumieron lentamente junto a sus caballeros.

 

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