¿EL LENGUAJE INCLUSIVO HACE VISIBLE A LAS MUJERES?

El pasado 8 de marzo, en el marco de la celebración del Día de la Mujer fui invitada a un foro realizado en las instalaciones del Colegio de Bachilleres del Estado de Hidalgo campus Tula, para tratar el tema del empoderamiento para prevenir la violencia de género en las adolescentes. Generalmente procuro evitar emitir mi opinión sobre temas relacionados con género porque si bien me considero una mujer feminista –no radical, por cierto-, también debo admitir que existen algunos huecos en el tema del feminismo que me siguen pareciendo contradictorios.

Una de esas grandes contradicciones de las que procuro no hablar es precisamente el tema del lenguaje inclusivo, pero ese día al final del foro una adolescente cuestionaba la pertinencia de dicho lenguaje en la vida diaria y tuve que responder lo que ya me venía planteando con anterioridad:

“Que el lenguaje inclusivo no es una garantía de inclusión, ni de igualdad, ni de participación”.

Creo en eso porque el hecho de que a una mujer le llamen ingeniera, médica o técnica eléctrica no determina una posición igualitaria dentro de una sociedad que se dice participativa pero que en cuestión de sueldos asigna menor monto a las mujeres a diferencia de los hombres y en cuestión de valor social seguimos siendo sujetos de segunda categoría. ¿Para qué luchar por una posición gramatical cuando la realidad nos acomoda en los mismos sitios y en los mismos espacios? Además, según consideraciones de la RAE, el masculino gramatical designa a todos los sujetos de la misma especie, sean hombres o mujeres (los alumnos, los afectados, los profesores); los genéricos no son peyorativos (personas, víctimas, humanos); los desdoblamientos de los sustantivos son innecesarios (ciudadanos y ciudadanas, doctores y doctoras, mexicanos y mexicanas) y los símbolos empleados para sugerir igualdad ( @ y / ) ni siquiera son viables como alternativas por carecer de un sonido que las evoque. Entonces, ¿de verdad el lenguaje inclusivo nos vuelve visibles en un mundo de invisibilidad femenina?

Otra participante del foro, contrariamente a mi opinión y más experta en el tema, señaló que el hecho de asignarle un nombre específico a aquellas situaciones que se refieren exclusivamente a las mujeres es una necesidad, porque ponerle nombre a las cosas las coloca en condiciones de existencia, de ser y de pertenecer. Recordé entonces aquella novela de Rosa Montero (La ridícula idea de no volver a verte) en la que relata fragmentos de la vida de Marie Curie, uno de esos relatos hace referencia a una “invitación” que ella recibió por parte de la academia de ciencias a no asistir a la entrega del Premio Nobel porque aquel era un mundo de científicos –no científicas-, por lo tanto ella carecía de valor para tan afamada comunidad ni tendría por qué ser protagonista en el mundo de la ciencia. Justo aquí es donde comencé a pensar la probabilidad de que el lenguaje sí otorgue un sitio a las personas en nuestro mundo.

Veamos, el sitio peyorativo asignado a las mujeres mediante el uso del lenguaje se da por ejemplo en los siguientes casos:

  • Cuando le anteponemos un artículo a las mujeres, pero no a los hombres, como una manera de mostrar respeto al sexo masculino mientras al femenino se le pone a nivel de cualquier objeto: decimos La Gordillo, pero no El Obama.
  • Cuando a las mujeres se les califica según su condición civil –o según su reputación- como señora o señorita, pero a los hombres no se les hace esa distinción, ellos son todos jóvenes o señores y siempre son dignos de respeto, jamás se cuestiona su virginidad ni se le coloca un adjetivo para distinguirlos.
  • Cuando en las oficinas llaman por altavoz al Licenciado Benítez mientras que a Maricela, quien tiene un título expedido por una universidad que avala su licenciatura, la llaman por el altavoz como Señorita Maricela, minimizando con ello el reconocimiento a su grado escolar.
  • Cuando en el matrimonio civil, hace algunos años, las mujeres obtenían el apellido del marido otorgando con ello un título de propiedad: Señora de Cuevas, pero no había un Señor de La propiedad es la mujer, jamás el hombre, él es el patrón, el dueño, el amo.
  • Cuando alguna vez asistí -acompañada por un amigo- a una capacitación para un empleo de encuestadores y el capacitador jamás se dirigió a mí, asumiendo que era mi amigo el interesado en el empleo ya que se trataba de encestadores, no encuestadoras.
  • Cuando en términos políticos se habla más de candidatos y no de candidaturas, haciendo alusión a que la política es terreno meramente masculino; problema que ha tratado de enmendarse mediante las cuotas de género que, dicho sea de paso, son un disfraz democrático.

Existen cientos de ejemplos que seguramente son mejor visualizados por las mujeres que por los hombres, porque todas, de alguna manera y en algún momento de nuestras vidas hemos sido víctimas de la discriminación lingüística. Sin embargo, continúo percibiendo una brecha en esta situación principalmente por la poca correspondencia que existe entre lenguaje-realidad. Las alternativas que se proponen para combatir este tipo de segregación se centran en el uso de el/la, @, /, quien/quienes, formas no personales de los verbos, el uso de abstractos (dirección, secretaría), genéricos colectivos (profesorado, alumnado, población) y de ser necesario se alienta a la creación de nuevos términos que sean capaces de visualizar la presencia de la mujer en el mundo.

Reconozco que sigo desconfiando que una palabra cambie las condiciones reales de existencia, pero también reconozco que quienes hacen de esta situación su lucha, tienen una valentía inaudita y es, probablemente, que gracias a estas personas, las mujeres hoy tenemos un mejor sitio en el mundo y seguramente dentro de algunos años más el mundo lingüístico nos haga justicia a la par de la realidad.

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