La columna #CapitalDeLetras de Heidy Serrano “¿Herederías tu fortuna a tu mascota?”

Hace un par de días falleció el diseñador de modas alemán Karl Lagerfeld, un hombre soltero de 85 años quien tenía en el banco una suma considerable de dinero pero ningún descendiente a quien heredar su fortuna. Poco después de su muerte se dio a conocer que una parte de la herencia probablemente sea para un niño de 10 años quien es su ahijado y que otra suma extravagante de dinero será heredada a su mascota, una gata a la que el diseñador le tenía un afecto controversial por el estilo de vida a la que la expuso: lujos, pasarelas, sesión de fotos, aviones, choferes, mucamas y todo aquello que implicaba ser la mascota del renombrado diseñador.

La noticia se encuentra dando la vuelta en el mundo de la moda, pero llama particularmente la atención el hecho de que la herencia sea destinada a una mascota, con esto queda expuesto el conflicto –nada nuevo- sobre la identidad y trato que las personas le confieren a los animales. Y es que resulta bastante curioso el cuestionamiento ¿para qué heredar una fortuna a un gato?

Los últimos años, saturados de información mediática y de una concepción de la vida individualista e incluso fatalista, han dado a luz a una generación de pensamientos enfocados en la nula necesidad de concebir hijos, transfiriendo esta necesidad humana de afecto y atención hacia las mascotas a tal grado de ser consideradas como un miembro más de la familia o como el único miembro de la familia, como en el caso de Lagerfeld. El amor, atención y dedicación que se le otorga a una mascota (que hasta hace poco fungían como compañía, entretenimiento o guardianes) poco a poco se ha ido transformando en una obsesión por “su bienestar” que a mi particular punto de vista no corresponde ni a la naturaleza humana ni a la naturaleza animal.

Por una parte, ¿qué clase de hombre hereda una fortuna a un animal habiendo tanto niño en el mundo sin un techo, sin educación o sin alimentos y al mismo tiempo somete a las mujeres que trabajan para él a dietas excesivas que ponen en riesgo su salud y su vida o de lo contrario son desechadas como cualquier objeto? Dicen por ahí que la generosidad con la que se trata a una mascota dice mucho del propietario en sí, pero en realidad no dice nada de él, porque no se puede ser tan humano ni buena persona si no velamos por los iguales del mismo modo en que se vela por una mascota. Lo único que revela el hecho de festejarles su cumpleaños, vestirlos como humanos, hacerlo caminar como la gente, pasearlos en carriolas, darles biberón, sentarlos a la mesa a comer o que se les abra una cuenta en el banco, es que no estamos respetando sus cualidades particulares y que más que amarlos a ellos, estamos amándonos a nosotros mismos por “ser tan buenos protectores y tener un corazón inmenso”, pero en ese proceso estamos violando su derecho de ser un perro, un gato, un cerdo o cualquier especie del reino animal.

Por otra parte, la naturaleza animal requiere del respeto que merece cada especie, pero no le otorgamos el mismo valor ético ni estético, porque no se valora igual a un perro que a un toro o a un pollo, menos aun si se le califica por razas o usos. Lo correcto -y lo sugieren los especialistas en el mundo animal- es que a los animales se les trate como requieren biológica y socialmente, eso sí, procurándoles una vida digna: con alimentación adecuada, vivienda adecuada, trato digno, con el debido cariño y proporcionarles la tenencia adecuada sin transformarlos en lo que no son.

Las mascotas definitivamente favorecen el desarrollo de los hombres y los vuelven incluso más felices (está comprobado que las mascotas suelen elevar los niveles de oxitocina que es la hormona que produce el afecto, el cariño y el amor) y lo menos que se puede hacer por esas mascotas es respetar su propia naturaleza ya que en nuestro afán de integrarlos a la dinámica humana estamos rompiendo con su propia armonía y se les puede generar incluso estrés, ansiedad, soledad y otros tantos daños, incluso físicos.

Señala el médico veterinario Moisés Heiblum que los animales no requieren atenciones idénticas a las de los humanos, ellos requieren un estado general de bienestar, alimentación, un hogar, ser libres de maltrato, dolor, enfermedades o miedo; los animales tienen el derecho de ser considerados diferentes y esa diferencia implica un trato diferente y válido. Si creemos que una gata tiene la capacidad de disfrutar de una fortuna, tiene que haber algo distorsionado en nuestros pensamientos (antropomorfismo), no estamos respetando la naturaleza de esa mascota, ella quizá solo requiere una vida plena de gata y con ello se le está proporcionando una vida feliz y digna, aún cuando -como lo dijo el propio Karl Lagerfeld- ella se haya ganado su fortuna trabajando en pasarelas y sesiones de fotos para marcas mundialmente reconocidas, en un mundo completamente humano.

Amarlos no es lo mismo que humanizarlos. Seguramente podemos proporcionarles una vida feliz sin necesidad de exagerar un vínculo afectivo que solo sobreexpone nuestra incapacidad de vincularnos afectivamente con los seres de la propia especie, es decir con los humanos.

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